Cada Noviembre...
Nadie se sentaba en el sillón rojo de terciopelo, es más, todos los miraban como si aún alguien ocupara el sitio.
Todos
andan algo nerviosos, menos yo. Ya me acostumbré a la cena de cada
veintisiete de noviembre, se respiraba armonía y melancolía a pesar de
que todo el mundo corría de un lado para otro.
Unos preparaban la
mesa, otros en la cocina gritaban desesperados porque faltaba algún
ingrediente para los últimos preparativos, y los pequeños se encargaban
de amontonar todos los regalos en la pequeña mesa del fondo del verde
salón.
Yo para variar me apartaba de todos ellos. Observo el sillón
esperado a que alguien aparezca de la nada; pero como desde hace ya
muchos años nunca pasa.
La abuela me sobresalta, me obliga a recoger
las sábanas tendidas, como está lloviendo no sirve de nada que sigan ahí
empapándose.
La noche es muy bonita, y no quiero fastidiarla hoy, así que hago lo que me dice y en un segundo está todo recogido.
Dan las diez. Ya está. Todos a la mesa.
Cada uno en su sitio correspondiente, nunca nadie se ha atrevido a cambiarse desde que sucedió aquello hace tanto tiempo.
Y es que esas pequeña cosas de las que nadie se daba cuenta marcaron toda nuestra vida en adelante.
Comenzamos
a comer y cada uno conversa con aquel que tiene más cerca, se escuchan
risas, gritos de parte de los pequeños y alguna que otra lágrima de
parte de la más grande de la casa.
Hace ya siete años que el abuelo se fue, pero en ese instante, cambió todo.
Se
volvió un tradición cenar cada veintisiete de Noviembre como si fuera
navidad; el abuelo trabaja cada Diciembre y nunca podía pasar las
fiestas con nosotros, entonces un día antes de que se fuera
organizábamos nuestra propia cena; y ese día era hoy.
Lo seguimos haciendo sin él, es como un tributo en su honor, para hacerle saber esté donde esté que sigue estando presente.
Cuando
todos observan la primera lágrima se produce el mayor de los silencios.
Algo se ha roto una vez más dentro de nosotros, y es que como cada año
aun no estamos preparados para esto.
La voz sonora de mi madre reverbera en el salón exclamando un breve discurso que nos hace sentir mejor a todos los demás.
Juntos,
estamos juntos, eso es lo importante, cada año conseguimos demostrar
que no hace falta que alguien siga presente para vivir en nuestros
corazones.
Tras aquello la cena discurre tranquilamente, aunque a
veces alguno que otro se ha parado a mirar el sillón...Siempre será su
sitio.
“Bueno, ahora los regalos”. Se escuchó desde la cocina. Y es
que esa era la parte que más le gustaba al abuelo, aunque solo tuviera
que comprarle el regalo a la persona que le tocara siempre venía con
cosas para todos, lo increíble es que nunca se equivocaba, nos conocía a
la perfección.
Pero eso era porque era una persona que mira más
allá...Se fijaba en cada detalle, cada gesto, cada mirada, cosas que
marcaban la diferencia. Ninguno de nosotros ha sabido nunca hacer eso.
Él era increíble. Único.
Nos levantamos a mogollón para coger cada uno nuestro paquete.
Todos
emocionados buscan su nombre, me percato de que hay unas flores
amarillas, son para él, todos lo sabíamos, eran sus favoritas.
“Bueno, Bueno, ¿y esto?, ¿quién ha sido?”. Comentaba mi tía en un suspiro mirando el colgante de plata.
Levanté la mano culpable de la acusación y se lanzó a darme un abrazo.
Sinceramente
el tiempo se paró ahí, justo en ese instante. Todos y cada uno de
nosotros observábamos a la persona de la que sospechábamos con miradas
cómplices que terminaban en un abrazo sincero.
Daría todo lo que
tengo por poder ver al anciano canoso que siempre tenía una sonrisa en
la cara; hasta en los peores momentos...
Y es que nunca me di cuenta
de cuánto lo quería, de que sus detalles eran importantísimos en mi
vida, de que cada uno de sus detalles marcaban mi diferencia...
Quizá
es cierto eso de que no sabemos valorar lo que tenemos hasta que lo
hemos perdido y el vacío y la soledad nos produce un dolor incurable y
eterno.
Pues por mucho que pase el tiempo ese dolor siempre sigue estando ahí, porque el vacío es irreemplazable.
Nosotros, hipócritas todos, intentamos llenar el vacío que nos dejó con está cena, con esta tradición que no falta ningún año.
Es
cierto que por un momento nos olvidamos de todo el exterior y nos
centramos en la familia, sólo nosotros, pero como cada Febrero esperamos
a que el abuelo vuelva.
Cuando por fin vuelvo en sí, el tiempo
continúa, mi tía se separa de mi y me besa en la mejilla y se acerca a
los demás para preguntarles por sus regalos.
Me acerco a las flores,
siento que este año me toca a mi, esto también es parte de nuestra
tradición, cada año alguien le lleva las flores al cementerio, y yo
nunca me había ofrecido, siempre he tenido miedo de derrumbarme de
camino al recinto.
Pero este año me siento fuerte, siento que está ahí, sentado en el sillón rojo, como si nada hubiera cambiado.
La abuela me abraza y me besa, incluso me acompaña a la puerta, le sonrío antes de irme y ella me la devuelve.
Hace frío y no he cogido chaqueta, pero no me importa.
Parece que no llueve, pero el calabobos me ha mojado completamente en un par de segundos.
A
los pocos minutos llego al recinto, las nubes chocan provocando un gran
ruido acompañado de una luz amarilla que me ciega la vista por un
instante.
Pero ya estoy, lo he conseguido, estoy aquí, y una parte de mi me dice que él, está justo a mi lado.
María.